martes, 7 de agosto de 2007

Un poco más de la vasta literatura polaca

FILIMOR FORRADO DE NIÑO

A fines del siglo dieciocho un campesino, nacido en París, tuvo un niño; y aquel niño a su vez tuvo un niño, y ese niño a su vez tuvo un niño y luego hubo otro niño... y el último niño (como campeón mundial) jugaba un match de tenis en la cancha representativa del Racing Club parisiense, dentro de un ambiente de enorme tensión y con el acompañamiento de incesantes, espontáneos truenos de aplausos. Sin embargo (¡qué locamente traicionera es la vida!), cierto coronel de zuavos, sentado en la tribuna lateral, de repente envidió el embriagador e impecable juego de ambos campeones, y ansioso de lucir sus posibilidades frente a los seis mil espectadores (tanto más que a su lado estaba su novia)... disparó de improviso su revólver contra la pelota que volaba entre las raquetas. La pelota reventó y cayó. Los campeones, privados así de la pelota, trataron durante algún tiempo de golpear con las raquetas en el vacío; mas viendo todo lo absurdo de sus movimientos sin objeto, se trabaron a trompadas. Un trueno de aplausos se dejó oír entre los espectadores. Y con eso, seguramente, hubiera terminado el asunto. Pero acaeció también la circunstancia imprevista de que el coronel, en su excitación, olvidó o a lo mejor no prestó bastante atención (¡cómo hay que prestar atención!) a los espectadores sentados en la tribuna del frente, llamada "tribuna solar". Le pareció, no se sabe por qué, que la bala, después de atravesar la pelota, debía terminar su trayectoria; empero, por desgracia, no la terminó... y en su carrera ininterrumpida alcanzó en el cuello a cierto industrial-armador. ¡La sangre brotó de la arteria atravesada! La esposa del herido, bajo la primera impresión, quiso echarse sobre el coronel, quitarle la pistola, pero como no podía (estando aprisionada por la muchedumbre), aplicó sencillamente una bofetada a su vecino de la derecha. Y se la aplicó porque su indignación no podía explotar de otro modo y porque, en los más íntimos rincones de su subconsciente (dejándose guiar por una lógica puramente femenina), creía que, como mujer, podía permitírselo todo. Se puso en evidencia, sin embargo, que no era del todo como se imaginaba, pues el abofeteado (¡qué inciertos son nuestros cálculos, qué imprevistos nuestros destinos!) era ni más ni menos que un epiléptico secreto en estado potencial. El infeliz, bajo la conmoción producida por la bofetada, cayó en un ataque, estallando como un géiser en convulsiones. ¡La desgraciada se encontró entre dos hombres, uno de los cuales echaba sangre y el otro espuma! Un trueno de aplausos se dejó oír entre el público. Y entonces un caballero, sentado al lado, en un acceso de pánico, saltó sobre la cabeza de una dama que estaba sentada más abajo; la cual se irguió y abalanzó, saltó sobre la cancha y lo arrastró en loca carrera. Un trueno de aplausos estalló entre los espectadores. Y así seguramente hubiese terminado el asunto. Sin embargo, ocurrió todavía (¡todo, todo habría que prever, todo tomar en cuenta!) que no lejos estaba sentado cierto humilde, oculto soñador-jubilado que desde hacía años, en todos los espectáculos públicos, soñaba con saltar sobre las cabezas de las personas ubicadas más abajo y sólo se contenía con esfuerzo. Arrastrado por el ejemplo, sin más tardar saltó sobre la dama que estaba sentada abajo, la cual (era una empleadita recién llegada de Tánger, en África), creyendo que así convenía, que era esto justamente lo correcto, que eran esas las costumbres del gran mundo... también se abalanzó, tratando de no demostrar ninguna timidez en sus movimientos. Entonces la parte más culta del público empezó a aplaudir con tacto para disimular el escándalo delante de los representantes de las embajadas y legiones extranjeras. Empero, también esto fue mal interpretado, porque la parte menos culta del público tomó los aplausos como señal de aprobación... y también cabalgó sobre sus respectivas damas. Los extranjeros demostraron un asombro cada vez mayor. ¿Qué quedó por hacer, pues, a la parte más distinguida de la concurrencia? Para disimular el escándalo también cabalgó sobre sus damas. Y, casi seguramente, con eso hubiese terminado todo. Mas entonces un tal marqués de Filimor, sentado en el palco bajo con su esposa y la familia de su esposa, de repente se sintió gentleman; salió al medio de la cancha con un traje claro de verano, pálido pero decidido, e inquirió con frialdad si alguien, y quién precisamente, quería ofender a la marquesa de Filimor, su esposa. Y arrojó a la cara de la muchedumbre un puñado de tarjetas de visitación esta inscripción: "Philippe de Filimor" (¡qué cuidado debemos tener!, ¡Qué difícil es la vida, qué peligrosa!). Un silencio de muerte reinó. Y de súbito no menos de treinta y seis caballeros comenzaron a acercarse a la marquesa, al paso, montados a pelo sobre mujeres de raza, de tobillo fino, para ofenderla y sentirse gentleman en vista de que el marqués, su esposo, se había sentido gentleman. Pero la marquesa (¡no, por Dios, qué loca, qué loca es la existencia!) por el susto abortó ¡y el vagido de un niño se oyó a los pies del marqués, bajo los cascos de las mujeres piafantes! El marqués, de improviso forrado de niño, dotado y complementado de niño mientras actuaba en forma particularmente adulta y como un gentleman, se avergonzó y se fue a su casa, mientras un trueno de aplausos se oía entre los espectadores.
de Witold Gombrowicz (Ferdydurke)

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