sábado, 4 de agosto de 2007

Andrés Rivera: Nacional e imprescindible

Fragmentos de algunas novelas y relatos de Andrés Rivera

de “La revolución es un sueño eterno” Pasé cinco años de mi vida en los claustros del colegio Montserrat y recuerdo, con claridad, que el rector del colegio Montserrat luego de dibujar la señal de la cruz sobre mi frente anotó en su libro privado que mi corazón es docilísimo pero fácil de pervertirse si tiene malos compañeros. Años después fui llamado el mayor instigador de la revolución, el impío, el afrancesado jacobino, el portavoz de un sistema de herejía y desorden, el principal militante del desorden, el más corrompido y carente de principios de los cabecillas de la revolución, el orador de la revolución. Aseguro que si no me río es porque un tumor me pudre la lengua, tengo la boca y la lengua laceradas y me duelen cuando río y cuando hablo, sin embargo me llamaron, no importa cuando, el orador de la revolución. Angela, por favor, deme zapallo. Puedo masticar zapallo. Zapallo, Angela. Ahora somos oradores sin fieles, ideólogos sin discípulos, predicadores en el desierto. No hay nada detrás de nosotros; nada, debajo de nosotros, nada que nos sostenga. Revolucionarios sin revolución: eso somos. Para decirlo todo: muertos con permiso. Aún así, elijamos las palabras que el desierto recibirá: no hay revolución sin revolucionarios. Llovía, en Buenos Aires, la noche del 5 de julio de 1807. La noche del domingo 5 de julio de 1807. ¿Hubo, en el tiempo, una noche de domingo, un domingo de julio, y de 1807, iluminada por las erráticas salvas de los fusiles, y una lluvia, intermitente y fría, en la que usted, señor Martín de Alzaga, habló empecinado, inescrutable, distante? Y dijo: "Soy el señor de la vida y de la muerte. Y ustedes están empiojados." Y nosotros, los empiojados, -Moreno, Agrelo, Beruti, Vieytes, French, Warnes y aún los vagos y mal entretenidos que huían de minas y cañaverales, cepos y calabozos-, lo escuchamos. Como lo escuchó, también, Bernardino Rivadavia. Y hombres como Rivadavia, que aman al poder más que a sí mismos, más que a la mujer que desposaron, más que a la lealtad al amigo, no se proponen morir jóvenes. Porque ahora, ¿qué es el señor Rivadavia si no el nombre con que Alzaga retorna al escenario? Cambiaron las máscaras y la música es la misma. Pero la representación teatral no nos cambió a Moreno, a Agrelo, a Vieytes, a French, a Warnes ni a los vagos y mal entretenidos que huyen, sin esperanzas, de los señores de la vida y de la muerte. No cambió a Buenos Aires ni al país. Aquí, en esta ciudad y en este país, el gusto por el poder es un gusto de muerte. Siempre. Recuerdo a Moreno, pequeño y enjuto, de pie sobre el piso de ladrillos de su despacho en el Cabildo, la cara lunar, opaca, que me dijo, con esa exhausta suavidad que destilaba su lengua: Vaya y acabe con Liniers. Escuche, Castelli, a Maquiavelo: Quien quiera fundar una República en un país donde existen muchos nobles, sólo podrá hacerlo después de exterminarlos a todos. Extermine a Liniers y a los que se alzaron con Liniers. Extermínelos, Castelli. Y veo a Liniers, que no llora, no gime, no suplica, que exige, de pie en la mañana helada como el infierno, a los hombres furiosos y callados y exhaustos, que le apunten al pecho, que no le venden los ojos. Y lo veo que me oye, oye mi voz helada como el infierno dar la orden de fuego. ¿Qué juramos, el 25 de mayo de 1810, arrodillados en el piso de ladrillos del Cabildo? ¿Qué juramos, arrodillados en el piso de ladrillos de la sala capitular del Cabildo, las cabezas gachas, la mano de uno sobre el hombro de otro?¿Qué juré yo, de rodillas en la sala capitular del Cabildo, la mano en el hombro de Saavedra, y la mano de Saavedra sobre los Evangelios, y los Evangelios sobre un sitial cubierto por un mantel blanco y espeso? ¿Qué juré yo, en ese día oscuro y ventoso, de rodillas en la sala capitular del Cabildo, la chaqueta abrochada y la cabeza gacha, y bajo la chaqueta abrochada mis dos pistolas cargadas? ¿Qué juramos Saavedra, Belgrano, y yo, Paso y Moreno, Moreno, allá, el último de la fila viboreante de hombres arrodillados en el piso de ladrillos de la sala capitular del Cabildo, la mano de Moreno, pequeña, pálida, de niño, sobre el hombro de Paso, la cara lunar, fosforescente, caída sobre el pecho, las pistolas cargadas en los bolsillos de su chaqueta, inmóvil como un ídolo, lejos de la luz de velones y candiles, lejos del crucifijo y los Santos Evangelios que reposaban sobre el sitial guarnecido por un mantel blanco y espeso? ¿Qué juró Moreno, allí, el último en la fila viboreante de hombres arrodillados? Moreno, que estuvo, frío e indomable, detrás de French y Beruti, y los llevó, insomnes, con su voz suave, apenas un silbido filoso y continuo, a un mundo de sueños. Y French y Beruti, que ya no descenderían de ese mundo de sueños, armaron a los que, apostados frente al Cabildo, esperaron, como nosotros, los arrodillados, el contragolpe monárquico para aplastarlo o morir en el entrevero. ¿Qué juramos allí, en el Cabildo, de rodillas, ese día oscuro y otoñal de mayo? ¿Qué juré yo, de rodillas, la mano derecha sobre el hombro de Saavedra, la mano de Belgrano sobre mi hombro? ¿Qué juró Saavedra? ¿Qué juró Belgrano, mi primo? ¿Y qué el doctor Moreno, que me dijo rezo a Dios para que a usted, Castelli, y a mí, la muerte nos sorprenda jóvenes? ¿Juré, yo, morir joven? ¿Y a quién juré morir joven? ¿Y por qué? ¿Qué revolución compensará la pena de los hombres? ¿Qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad? ¿Qué derrotó a la utopía? ¿Por qué, con la suficiencia pedante de los conversos, muchos de los que estuvieron de nuestro lado, en los días de mayo, traicionaron la utopía? Un tumor me pudre la lengua y el tumor que la pudre me asesina con perversa lentitud. Voy a morir. Y no quiero. NO QUIERO MORIR. ¿Por qué yo? ¿Por qué tan temprano? ¿Qué pago? No planté un árbol, no escribí un libro. Sólo hablé.¿Dónde están mis palabras? No escribí un libro, no planté un árbol: sólo hablé. Y maté. La revolución se hace con palabras. Con muerte. Y se pierde con ellas. Desarmado, me acojo al sueño eterno de la revolución para resistir lo que no resiste en mi, el sueño eterno de la revolución me sostiene. En estas desveladas noches en las que hablo, pienso también, en el intransferible y perpetuo aprendizaje de los revolucionarios: perder, resistir. Perder, resistir. Y resistir. Y resistir. del cuento “Guido”, publicado en “Para ellos, el paraíso” Los paisanos volvían de La América y contaban fábulas nunca oídas antes. Calles empedradas con lingotes de oro. País de vacas. Muchas. Y de pan. Mucho. Y trigo, y más pan del que hubiera podido comer la familia desde los bisabuelos para acá. Me vine a la América, a Buenos Aires, que es el nombre, me dijeron de la América. Porque América, sépanlo es Argentina. Argentina es Buenos Aires. Gran país Buenos Aires. País de hombres blancos la Argentina. Decentes. Republicanos, eso sí. Y católicos. Y conservadores todos. Escuché como nacía una leyenda en boca de los viajeros. Hay un Hospital italiano. Hay, también un hospital para judíos. Y un hospital para alemanes. Y cementerios para italianos, para alemanes, para judíos. Y otro para criollos muy ricos y muy orgullosos, con monumentos que valen millones de liras. Escuché Argentina es joven. Argentina no tiene recuerdos. Argentina es rica. Argentina es interminable. Llegué a Buenos Aires con mi esqueleto, con poca carne en el esqueleto, yo, que no pasaba de ser un pendejo, y que pisaba, receloso, las piedras de Buenos Aires. De los Apeninos a los Andes. Y al carajo. Fui, por años, dirigente sindical de los obreros de la construcción. Joda: los otros son como vos. Y te eligen para que pongas la cara por ellos, y vos , que sos uno de ellos, la ponés. Nunca me sonó bien eso de dirigente sindical de los obreros de la construcción. No, no me sonó bien. Pero tenés que poner la jeta. Y yo la puse. Ahora, fumo. Es bueno fumar en la oscuridad que huele a hombre solo. Cuando camino, la tabla del andamio; cuando, a veces, miro hacia abajo, tampoco río. La tabla del andamio es blanca. Blanca de cal. Encalada. Y yo la piso, yo, un dirigente de los obreros de la construcción, de los albañiles, de esos hombres que se hacen un gorro con dos puntas, de hojas de diario, y que tampoco miran hacia abajo, hacia las baldosas de las veredas y los adoquines de las calles que, desde arriba, son algo más que el vacío. Cuando el andamio se afloja, cuando se cortan las sogas y las bridas que sostienen el andamio, y el mundo gira más rápido que cualquier cosa que uno conozca, y las ventanas, paredes, roldanas, compañeros de trabajo que se esfuman, se angostan, y uno no alcanza a tomarse de lo que sea, la sangre huye del cuerpo, y ya está. Es lo de siempre: quedás tirado sobre las baldosas de la vereda o los adoquines de la calle, y llega la ambulancia, y el médico se inclina sobre vos, y te toma el pulso, pone sus dedos, con la suavidad de un adolescente, aquí y allá, y detrás de la sangre que corre, y dice quebraduras múltiples. O dice, sin quitarte los ojos de encima, del cuerpo que cortó el aire durante una eternidad, no hay nada que hacer. Soy el dirigente de un destacamento de hombres muertos. ¿Qué vieron en mí los lisiados que serán, los muertos de los días que llegan, los albañiles, para elegirme como el hombre que debía ser su voz y sus deseos en las horas de trabajo y en los días salvajes de paro? Vos leíste las leyes, dicen. A vos no te pueden engañar, dicen. Vos les discutís mano a mano, dicen. Vos no aflojás, dicen. ¿Y yo? Yo apelo a la puntual lengua del explotado. ¿Y si les digo asalten los palacios de los que todo lo tienen? ¿Y si le digo cambien el mundo? Sólo van a escuchar no aflojen. Sólo van a escuchar aguanten. Un diciembre abrasador dije que el comité de huelga necesitaba dinero y armas. Si queremos ganar la huelga, armas y plata. Cuando dije armas, algunos responsables partidarios miraron sus apuntes, o el brillo de sus zapatos a través de la dura madera de la mesa o, incluso, llegaron a preguntarse cuánto tiempo yo, Guido Fioravanti, duraría en las filas del Partido. Ahora soy un tipo que los patrones de la argentina envían, como un saludo al duce, a la bestia de la Romagna ¿Cómo hicimos? ¿Cómo sacamos cien mil obreros de sus casas y de las nerviosas concentraciones de los sindicatos? ¿Cómo los llevamos a las diagonales céntricas de la ciudad, con banderas y carteles, y consignas feroces en los carteles, ondeando banderas y carteles, en el húmedo aire porteño? Nosotros podíamos parar lo ferrocarriles, los barcos, la tala de árboles, la Fiat ... Podíamos. Podíamos en la calle parar con nuestro aliento la caída de la nieve. Y ahora, peleamos exiliados. Es triste eso. Es triste. de “El Farmer” En las horas previas a embarcarme en el Centaur, no reuní buen dinero conmigo. No hubo tiempo. Pensé que mis amigos y compadres a los que beneficié, y solo dios sabe cómo, no se entregarían alegremente al olvido. Cargué en el Centaur mis archivos. Letras. Cartas. Confidencias. Confesiones. Promesas. Declaraciones. Ruegos. Y ahora yo, gobernador propietario de la provincia más extensa y rica de la América española, estoy aquí, en el reino de la Gran Bretaña, afeitado y acurrucado junto a un brasero de hierro inglés; un desconocido para quien quiera que escuche, menos para la historia. Y menos para mí. Estoy solo, veinte años solo, no está Manuelita, que era mi espejo. Que me afeitaba con placer y, una vez afeitado, pasaba una toalla húmeda y tibia por mi cara. Ella, de pie, me miraba. Yo, sentado, la miraba y olía el tenue perfume de su cintura. Ella y yo solos. Yo, afeitado, los vapores de la toalla húmeda y tibia sobre mi cara, le tocaba la grupa. Ella, de pie, volvía a bajar la toalla húmeda y tibia sobre mi cara y me cegaba. Soy un hombre fuerte y lloro a veces el olvido de los otros. ¿Por qué mi vejez no puede llorar, a veces, el olvido de los otros? Manuelita se casa el 23 de octubre de 1852, apenas a ocho meses de Caseros, apenas a ocho meses de que las cargas de la caballería entrerriana quebraron, con acero y alaridos, el valor de mis ejércitos. ¿Qué debí hacer para que mi destino fuese otro? ¿Qué no hice para que mi destino fuese otro? Yo en mi despacho de Palermo pensaba 18 horas por día. Escribía. Escribir es pensar. Yo pensaba 100 leguas por delante de cualquiera que pensara en los intereses del estado. Eran pocos los que pensaban en los intereses del estado. Son pocos. Yo soy uno de los pocos. El primero. El mejor. El manejo del estado me apasiona. El manejo de los intereses del estado me apasiona. Nada se agita en Buenos Aires sin que yo lo sepa. Oídos fieles escuchan qué sueñan los porteños en la oscuridad de la noche. Yo velo lo que es indecible en la noche de los porteños. Abro el archivo y miro como se cocina la perversidad humana. Yo, que no necesito espejos. Los papeles de mi archivo que huelen a la más pestífera mierda que vientre alguno haya echado sobre la tierra, me absuelven y me honran ante el futuro. Yo camino, y es de noche, y me veo caminar entre el humo de los asados y los velones de grasa que arden en las ramas más bajas de los árboles, y en los tocones de árboles que se pudrieron o que el fuego se comió, y saludo a mis hombres de la Mazorca, sin equivocar un nombre, y les pregunto por sus madres y mujeres, por sus hijos y sus caballos, y ellos me contestan, reservados y dignos, como si dialogaran, a solas, con dios. Se les cambia la sangre en el cuerpo: no es torva y oscura, es roja, y limpia, y viene a mi encuentro. Yo que escucho desde lo alto de mi cara, desde esta máscara que calza mi cara, digo: A los subversivos métanles miedo en el alma, cápenlos. Berrean, mi brigadier general, cuando les entra la refalosa, comenta Salomón, respetuoso. Eso, mi brigadier general. Berrean. Berrean, mi brigadier general. No hay en el mundo enemigo más esforzado de las asociaciones clandestinas, de la anarquía y el comunismo que el general Rosas. Yo medito sobre la suerte de los argentinos sin mí. ¿Qué fui yo para ellos? ¿Qué fui yo de ellos? Llueve en Buenos Aires, yo de uniforme y con la cabeza descubierta marcho por sus calles. Yo a la cabeza de miles de argentinos. Y grito muera el loco salvaje traidor Urquiza. Y miles y miles y miles de argentinos, hombres, mujeres y viejos, que marchan a mis espaldas, gritan, como si impetraran al cielo, Viva Rosas. ¿Qué querían de mí los argentinos? ¿Qué les daba yo para que gritaran Viva Rosas? Y a mí, que marcho por esas calles, bajo la lluvia, calles y ciudad, cielo y aire, que me pertenecerán siempre, la cara mojada por la lluvia, y el pelo, y el uniforme de gala, se me estrangula la voz en la garganta, y la lluvia es un fuego helado cuando la miro. Después cuando el salvaje Urquiza lanza a los cosacos de su caballería entrerriana sobre mis ejércitos, y los acuchilla y los despedaza en los campos de Caseros ¿dónde estuvieron los que yo favorecí? Contesten eso si les da la lengua para contestar eso. Reúno a mis generales y reunidos los veo viejos, y fatigados, y algunos de mis generales dicen, sentados a mi mesa, sin mirarme a los ojos, que la población y el paisanaje están hartos de desangrarse en guerras que, de pronto han dejado de entender. Yo digo a mis generales que quienes me quieran bien estarán a mi lado cuando salga a escarmentar al gaucho Urquiza. Degollaré a los que me abandonen. Y miro a mis generales que me miran. Trazo en el suelo seco de mis cuarteles el plan que derrotará al gaucho Urquiza. Los generales que me rodean miran las líneas que tracé en el suelo seco de mis cuarteles y montan a caballo. Me quedo solo, y miro la espalda de mis ejércitos que marchan hacia la mañana que los espera en los campos de Caseros. Diez mil jinetes caen sobre mis ejércitos en los campos de Caseros. Entrerrianos, los jinetes. Y entrerriano Urquiza, su jefe. Es como un sopor el que tengo. Hay algo que gira en mi cabeza. De pie, aquí, en mi rancho de Inglaterra, digo: el destierro es verdad, lo otro es sueño. Sueño la infancia. Sueño la juventud. Sueños los años en los que ellos gozaron de mi poder. Y lo festejaron, y lo sostuvieron. Sé que los sueños se desvanecen, que la mañana les pone fin, que son lo que el recuerdo quiere que sean. Me llamarán y no volveré. Me llamarán para que salve a un país enfermo, roído por la anarquía, devastado y empobrecido por putos y corruptos. Y no volveré. Los argentinos darán mi nombre a su destino. De “La sierva” y “El amigo de Baudelaire” A los veinticinco años, en París, me recibí de abogado. Yo era, para mis condiscípulos, un exótico (y también detestable) magnate sudamericano. Soy un burgués. Argentino y porteño. Soy juez. A veces, soy, también, Saúl Bedoya. Mi padre fue un gaucho. Y tan bueno como el mejor de su tiempo. La diferencia entre mi padre y otros gauchos consistió en un hecho simple e histórico, si se quiere: mi padre heredó campos, vacas que se reproducían por la gracia de Dios y algunos toros vigorosos. Eso y la amistad del brigadier Juan Manuel de Rosas, y el mate, el puchero, el asado gordo, alcanzaron para que viviera sin temor al desamparo, a la prepotencia de la policía y del alcalde de turno. ¿Qué podía hacer un abogado de cuarenta y seis años que vendió tierras, vacas, toros, hombres, mujeres y perros y la inmunda tapera en la que su padre vivió? ¿Qué podía hacer un abogado de cuarenta y seis años en una ciudad que se mira en los brillos y los lujos de los que fundan imperios? Enriquecerse. Compro tierras en Cañuelas. Vendo, a buen precio, una zafra de lana. Compro dos molinos harineros. Compro acciones del Ferrocarril Oeste. Me asocio a la Bolsa de comercio. Cobro más de treinta tres mil pesos por diez mil ovejas, doscientos cincuenta carneros y trescientos ochenta ovejas finas. El país crece, yo compro oro. En Buenos Aires, quien nace sabe: a) Si tiene dinero, puede comprar sacerdotes, abogados y comisarios, sin contar el cielo y el infierno. b) Si no tiene dinero, es carne de calabozo. Buenos Aires no enseña, no da lecciones a nadie. Anoche vinieron unos caballeros. Hubo licores, café y cigarros. De esos caballeros, son pocos los que me aprecian. Pero vienen a verme: soy uno de ellos. ¿Cómo van a excluirme de lo que ellos son? Caballeros patriotas, dueños del país, y también estancieros, exportadores, abonados al Colón, que convinieron que yo, Saúl Bedoya, soy un hijo de perra, pero que soy alguien del cual no se puede prescindir en el instante en que las malditas cuentas no cierran. Y el maldito instante es este. Y el instante es tan maldito que los empujó a la puerta de Saúl Bedoya. A golpear mi puerta. A naides tenga envidia Es muy triste el envidiar Cuando veas a otro ganar A estorbarlo no te metás: Cada lechón en su teta Es el modo de mamar En verdad, el señor José Hernández, con la voz inefable de la poesía, fijó, para nosotros, un destino paradisíaco: mamar de la teta de la República. Cuando estoy con los hombres de mi clase emito, inesperadamente –siempre inesperadamente- y con discreción, citas de Séneca, San Agustín, Platón, Voltaire, Maquiavelo. Los hombres de mi clase me miran con respeto, y cierran sus bocas; algunos quedan embobados. Las citas vuelcan un entredicho, una discusión hacia donde se me antoje; confunden a mis amables antagonistas. Las citas son mías: las pienso un rato antes del coñac y de los habanos. Y se las atribuyo a personajes inapelables. Estos caballeros vinieron a pedirme una contribución para los fondos electorales de quien se dice que será el futuro presidente de la república, uno de los oficiales más jóvenes del ejército. Y más cultos. Sonreí a los caballeros y contribuí con una suma que los sorprendió y halagó. Confío en que mi candidato se entere de quienes le ayudaron a comprar los peldaños que llevan al poder. Exactamente: ¿qué es ser bueno? ¿Pagarle un sueldo decente a mis peones? ¿donar una suma razonable para el cuidado de los huérfanos? ¿Socorrer a una anciana caída en la calle? Si eso es ser bueno, yo soy rico. No se trata de un acto de voluntad. Ni siquiera de una vocación. Patrón se nace. Se nace rico o no, patrón o no. Es común que alguien no sea patrón y sea culto. Que alguien sea patrón y no sea culto es un malentendido abominable. Si yo fuera mi padre no pensaría como pienso. Yo no hago un culto del legado criollo de mi padre. No vivo bajo un techo de paja y entre paredes de adobe. No eché panza. No uso rastra de plata sobre la panza que no eché. No me deslumbra el parco coraje con el que se desenvaina una daga. ¿Qué es el coraje? ¿Tener miedo y ocultarlo? ¿Una institución? ¿Un legado? ¿La letra de un rezo? ¿La patria de la inocencia? No estuve en la defensa de Montevideo, con el general Paz. Ni estuve en las tomas de las trincheras paraguayas. Ni combatí a los montoneros. Ni, siquiera, maté indios con un Remington, In God we trust. Sólo maté a un hombre que tiró una daga sobre mi escritorio, y me invitó a que la empuñase. Y a que jugara mi vida y la suya al filo providencial de los cuchillos. Yo maté a ese hombre, un hombre tan antiguo y condenado como la carne de cañón. Y lo maté, sentado en un cómodo sillón, metiéndole tres balazos en el cuerpo, que le disparé con mi hermoso revólver. Encendí un cigarro, escuché la lluvia en la noche desierta, y pensé en la eficacia de las modernas armas norteamericanas. El hombre que maté nunca existió. Sé como se hace para que un hombre desaparezca y nunca haya existido para nadie. Soy juez. Soy, además, Saúl Bedoya.

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