jueves, 27 de septiembre de 2007

Incompatibles

Ella, muy altiva, muy correcta y racional, muy organizada le dejaba a él la sensación de estar en falta, siempre, de hacer las cosas mal, no importaba cuáles fueran las cosas. Con su estructura firme e impoluta lo marcaba con el estigma del permanente error. No dejaba pasar oportunidad de hacerle notar, con afabilidad y altura, su innegable inutilidad. Ella era una porcelana china y el una berretada, una baratija. Ella lo llamaba rumbo errado, él aceptaba el nombre, el destino que le imponía ese nombre, la creía en lo cierto. Rumbo errado la adoraba, con la certeza triste de ensuciar la blancura de su ídolo con sus efluvios amorosos. Ella se desenvolvía siempre bien, su conducta era intachable; él siempre mal, insalvable. Se escribieron cartas, no podían hablarse. Se escribieron seis o siete cartas, no más. Las de ella eran perfumadas, de letra firme y redonda, prolijas, indudables. El escribía esquelas, y en el afán de mejorarlas terminaban tachonadas, con borraduras que agujereaban la hoja. Él se esforzaba, ella suspiraba y desviaba la vista. Ese intercambio epistolar conseguía solo diferenciarlos más. Ella lo miraba con ojos azules, aunque no eran azules sus ojos, se volvían azul gélido para mirarlo a él. Él se sometía al juicio azul de su mirada marrón, a sus ojos reprobatorios, correctivos. Porcelana china y rumbo errado se conocieron en un trasatlántico, compartieron un viaje desde el lejano oriente. Compartieron el camarote. Un contenedor de artículos importados. Llegaron a tierra. Sus caminos se bifurcaron. Porcelana ahora luce, esbelta, sobre una carpeta de macramé de un blanco impoluto como ella, en un rincón de luz amarillenta y amable de un departamento en Avenida Libertador y Billinghurst, propiedad de la viuda de un militar de alto rango. En escasas ocasiones, se aburre. Rumbo errado vive en un escaparate de Once, entre un par de castañuelas color fucsia y un banderín de Bánfield. Algunas veces baila flamenco, otras conversa de fútbol. A veces también se recuerdan, ambos. Pero como si hubiesen soñado.

5 comentarios:

antiprímula dijo...

Yo soy la hincha de Bánfield ¿está mal?

livio dijo...

Era tierna y fluida la historia
hasta que te subiste al para-avalanchas... ja ja

Yo nací en Banfield pero enderecé el rumbo errado, vivo en zona tribunales y soy cuervo!

Dedicale el post a Citanich que está lesionado y no juega el domingo

antiprímula dijo...

Y... me salta el barrio, aunque la mona se vista de...

Era impensable que sea de otro equipo. Para Citanich entonces, que lo mire por pc. Usted sea más prudente y deje los deportes de alto impacto que lo dejan lesionado como a él.

livio dijo...

Sería lindo un mundo en donde los jugadores lesionados en vez de jugar a la Play Station leyeran un blog como el suyo y de aquí saltaran a Gombrowicz o a Pizarnick...
No me haga caso ,el mundo sería más lindo si yo jugara como Citanich

Le mandaría un abrazo pero me duele la espalda.

antiprímula dijo...

¡¡Noooo!! Se aburrirían espantosamente, ¡¡que se ocupen de recuperarse para volver a jugar!!
Lindo, lo que se dice "lindo", el mundo no lo es, desde ningún punto de vista.
Y ¡guarda atrás! que hay mucho turro suelto.
Cuídese la espalda, recibo su abrazo cibernético hasta que se reponga.