Nos despedimos amablemente. Se sube a un taxi. Lo veo subirse, acomodar su saco de cuero y su mochila, indicar el destino, pedir al taxista que detenga el arranque, bajar la ventanilla, asomarse para volver a despedirse, amablemente. Veo al taxi alejarse, lo veo alejarse. Miro el cielo nocturno, la avenida, una mujer paseando a su foxterrier, un muchacho apuesto paseando un boxer, una pareja discutiendo. Cruzo Córdoba dos veces, ida y vuelta: no quiero volver a casa, quiero seguir aquel taxi. Como en las películas.
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Estoy en casa, escribo.